Guía Brígida o la maldición del frío eterno: Una historia regalada

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Para recibir, para descansar Tiene su cómoda, su armario Una campanilla para llamar siempre que quiera Tiene sólo una manta, pero si quiere Lo que haya, con la mejor vo-luntad Es lo que he podido con-seguir. Me llovía en la cama. En aquel momento, hacia la plaza, se oyó sonar un toque de corneta.

Amaro abrió el ventanal. Al final de la calle agonizaba un farol.

Santa Brigida

La noche estaba muy negra. Y se extendía sobre la ciu-dad un silencio cóncavo, abovedado. Pero la Sanjoaneira gritó desde arriba.


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De ahí le puede venir frío. De esto no probaba usted en el seminario. Hablaron del seminario. Rieron; y bebiendo, con la alegría de los recuerdos, reme-moraban las historias de aquel tiempo, el catarro del rector y el profesor de gregoriano, a quien un día le habían caído del bolsillo las poesías obscenas de Bocacio.

Full text of "Revista Católica"

La Sanjoaneira puso sobre la mesa un plato hondo con manzanas asadas. Gran ama de casa, amigo mío, magnífica ama de casa nuestra Sanjoaneira. Ella reía y enseñaba sus dos dientes delanteros, grandes y empastados. Se le extendía por el rostro una satisfacción arrobada-. Después iban a casa de las Gansoso a pasar la noche. La pobre de Cristo era su ahija-da, huérfana, y estaba casi tísica. La había recogido por com-pasión El padre Amaro bajó los ojos despacio y mientras mordis-queaba unas miguitas de pan preguntó si el verano estaba siendo de muchas enfermedades.

Y vienen las fiebres Hablaron entonces de las enfermedades, del aire de Leiría. Iba a cumplir los sesenta. Durante el invierno había cogido un catarro y desde entonces, pobrecita, decaía, decaía Hace un momento, al anochecer, tuvo un ataque de tos. Pensé que se nos iba.

Ahora reposa. El padre Amaro se levantó y dio las gracias con los ojos bajos. No uso. Buenas noches. La Sanjoaneira alumbraba con el candil en el rellano. Vengo yo por aquí y vamos a ver al chantre, a la catedral y por ahí Y sepa que tengo lulas.


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    La puerta se abrió, se oyeron voces, risitas. Y subiendo casi a la carrera, recogiéndose un poco el vestido por delante, apareció una bella jovencita, fuerte, alta, bien hecha, con un pañuelo blanco en la cabeza y un ramo de romero en la mano. Jadeaba tras la carrera; venía colorada; sus ojos negros y vivos resplandecían; y emanaba de ella una sensación de frescura y de prados hollados. Pídele a la Virgen de la Piedad que te sane esa catarrera. Sobre la cabecera colgaba un grabado antiguo de un Cristo crucificado. Su padre era criado del marqués; la ma-dre era doncella personal, casi una amiga de la señora mar-quesa.

    El padre de Amaro había muerto de apoplejía; y la madre, que siempre había estado tan sana, sucumbió un año después por una tisis de laringe. Amaro acababa de cumplir seis años. Tenía una hermana mayor que vivía desde pequeña con la abuela, en Coimbra, y un tío, próspero tendero del barrio de A Estrela. Dios era su lujo de verano. Nunca jugaba, nunca corría al aire libre. Se hizo muy miedoso. Dormía con la lamparita encendida, al lado de una vieja ama. Se volvió muy liante, muy mentiroso. Estaba continuamente metido en las habitaciones de las criadas, curioseando en sus cajones; revolvía entre las faldas sucias, olía los algodones postizos.

    Era extremadamente perezoso y por las mañanas costaba arrancarlo de una somnolencia enfermiza que lo dejaba como derretido, todo envuelto entre las mantas y abrazado a la al-mohada. Dejaba en su testamento un legado para que Amaro, el hijo de su criada Joana, entrase a los quince años en el seminario y se ordenase. El padre Liset quedaba encargado de llevar a cabo esta disposición piadosa.

    Amaro tenía entonces trece años. Amaro fue enviado a casa de su tío, en A Estrela.

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    Pero odiaba a su marido, sus manos velludas, la tienda, el barrio y su apellido de señora Gon9alves. Entonces el tendero se apropió de Amaro como de una herramienta imprevista y lo puso en el mostrador. Ya sabía que a los quince años debería entrar en el semina-rio. Yo no alimento animales que no rindan. Y el muchacho ansiaba el seminario como una liberación. Nadie le había preguntado nunca por sus tendencias o por su vocación. Las hijas de la señora marquesa les bordaban pantuflas.

    Un año antes de entrar en el seminario, su tío lo envió a un maestro para que perfeccionase el latín y lo dispensó de estar en el mostrador Por primera vez en su existencia Amaro tuvo libertad. Iba solo a la escuela, paseaba por las calles. Vio la ciudad, los juegos de los niños, se asomó a las puertas de los cafés, leyó las carteleras de los teatros.

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    Sobre todo, empezó a fijarse mucho en las mujeres y, viendo todo aquello, le sobre-venían grandes melancolías. Su hora triste era el anochecer; cuando volvía de la escuela, o los domingos después de haber ido a pasear con el tendero al Jardim da Estrela. Se juzgaba desdichado, pensaba en matarse. Y poco después, inclinado sobre Tito Livio, cabeceando de sueño, sintiéndose un desgraciado, refregando una rodilla contra otra, torturaba el diccionario.

    Ya las compañías escolares habían introducido en su naturaleza femenil curio-sidades, morbos. Entró en el seminario. Pero pronto hizo amistades; gustó su cara bonita. Comenzaron a tutearlo, a admitirlo du-rante las horas de recreo o en los paseos del domingo, en las conversaciones en las que se contaban anécdotas de los pro-fesores, se calumniaba al rector y se lamentaban perpetua mente las melancolías de la clausura.

    No obstante, poco a poco, con su naturaleza amorfa, fue entrando como una oveja indolente en la disciplina del semi-nario. A ésos el seminario les pro-porcionaba un gozo anticipado del cielo: a él sólo le ofrecía las humillaciones de una prisión y el tedio de una escuela. Y, a no ser algunos devotos, todos; aspirantes al sa-cerdocio o a destinos seculares, querían dejar la estrechez del seminario para comer bien, ganar dinero y conocer mujeres.

    Sigamos a Jesús

    Amaro no deseaba nada. A veces hablaban de escaparse. En su celda había una imagen de la Virgen coronada de es-trellas, de pie sobre la esfera terrestre, la mirada errante en la luz inmortal, pisoteando a la serpiente. Y citando a san Juan de Damasco y a san Crisólogo, a san Cipriano y a san Jerónimo, explicaba los anatemas de los santos contra la mujer; a quien llamaba, con-forme a las expresiones de la Iglesia, serpiente, dardo, hija de Ja mentira, puerta del infierno, cabeza de pecado, escorpión Era, no obstante, devoto: rezaba, tenía una fe ilimitada en ciertos santos, un angustioso temor de Dios.